domingo, 11 de marzo de 2012

NUBES DE AZÚCAR


La boca se le llena de una blandura de nube de azúcar.


A las siete suena el despertador. Abren los ojos en aquel dormitorio que les ha visto envejecer. Cruzan alientos como hace más de treinta años. Ella sonríe, él corresponde. Las manos se cogen bajo las sábanas. Un día más de trabajo y familia. De rutina. Deberían decirse que todo está bien pero ya sin amor. Del juramento en Santa María del Mar, no queda nada, más que unas fotos, un banquete y un montón de calendarios. De las sonrisas estáticas, salen sendas burbujas y sus alientos que trepan al techo. Todo queda bañado en azúcar. Con los pies en las zapatillas se desean los buenos días.


Las ocho de la mañana, es su momento. Repasada y maquillada, en su mejor traje sastre, blanco y azul, zapato de tacón y botones dorados. Es la periodista estrella de las mañanas y huele a triunfo. No hay agenda más apretada que la suya, como sus carnes. Aunque agnóstica, su palabra va a misa, aunque atea, no habla, sermonea. Es el momento, al micrófono, corresponde ella con su sonrisa celestial de valla publicitaria. Carta blanca. Que opine, sobre el último rumor acontecido, las declaraciones de alguien relevante. Abre la boca. vocaliza, todos la escuchan, el país entero. Entonces de su boca solo salen nubes de azúcar. Una por cada palabra. De sus labios van brotando, caen suaves a la mesa junto a su café solo intacto. Ella, claro, muere asfixiada, por mucho que la sacudan a la espalda.


Ha dado el sí definitivo. Falta la firma. Un año más de contrato y títulos asegurados. Se da la mano con los directivos, todos en fila, con su traje azul impoluto y su sonrisa bajo una lluvia de flashes. Él, con la cabeza recién rasurada, vestido de sport y calzado blando, muestra su mejor cara de sociólogo avispado. En el momento de valorar la última polémica arbitral, traga y piensa. Su calva es una bombilla de las viejas. Las cejas se desplazan a ambos lados de la frente. Su opinión ya la conocen. Azúcar hinchado asoma tras los dientes. Dulces palabras como una plegaria en un domingo de Ramos. Una última dibuja un NO enorme en el aire de la sala. Su aventura ha acabado. Rompe el contrato, lo desmenuza. El azúcar glaseado se convierte en confeti de las grandes celebraciones.


Iba a despedir. Aquella misma mañana. 45 nuevos parados con sus familias. La situación se le había hecho insostenible,  la manga la había estirado hasta romperla. El crédito obtenido no lo podría devolver, por mucho que vendiera, que no vendía. Hundidos por torpes campañas de marketing que no había aportado más que gastos inadmisibles. La bola de nieve se le venia encima, colina abajo y a velocidad creciente. Un café en la cocina y un pensamiento con la tostada que le ofrecía su fiel y muda mujer. Un fuego cruzado entre nóminas, intereses y beneficios malgastados, otro entre niveles de vida y planes nunca aplicados. Luego el arrogante que lo discute todo pero se esconde cuando toca dar la cara. El socio que solo viene a por el sobre y que, cuando hay que culpar, ya sabe a quién darle. Y ese comité de empresa que es como una célula mafiosa. Un mordisco a la tostada, un sorbo de café y 45 que liquidaba. Un pis, una última mirada al espejo y un "y por qué no me despido a mi mismo" en el cerebro. Cuando se lo dice, es azúcar lo que suelta, una lluvia fina le cubre la punta de los zapatos. Un último recuerdo, él, vestido de marinero, el día de su comunión, montado a caballo. Va a encontrarle la mujer de la limpieza, a media mañana. Ensuciándole el váter, muerto y feliz, con las venas abiertas.


2 comentarios:

Francesc Bon dijo...

Se t'ha vessat el pot de la bilis !!

Márquez de la Nogal dijo...

Home!
Bilis tampoc, Francesc!
Escritura nomès, i uns quants personatges de ficció

Mercès pel comentari