viernes, 19 de octubre de 2012

La sombra es un cazador cazado







Viene corriendo entre las sombras de una calle céntrica, escondiéndose y eludiendo el fastidio de un encuentro inapropiado. Hasta que se topa con aquel ex compañero del trabajo. Habían compartido planta y comedor de empresa, algún cumpleaños de otro compañero, risas a propósito de la desgracia de un tercero y las toneladas de chismes que circulaban por la moqueta del tercer piso. Las sombras de aquel día no la ocultaron suficiente porque ahí estaba él llamándola por el nombre y ella que pasaba de largo sin siquiera detenerse a saludar, a preguntar por esos años de mutuo desconocimiento. El flequillo lo llevaba mojado, la piel, en la proximidad, olía a champú fuerte de gimnasio, olía a las prisas de la indiscreción. Ella nunca destacó por la belleza, la nariz le quedaba demasiado grande y el ojo derecho tendía a escurrirse a un lado de la cara, el cutis, poroso en exceso, parecía corcho, siempre cubierto por un exceso de pelusa. Pero venia corriendo, escondida en las sombras que ofrecen portales y aleros. El saludo se concretó con unos besos en las mejillas. Besos que, en su momento, podían haber ido a la boca, besos acompañados de caricias y jadeos por un sofá, mientras las piernas se encajaban como tijeras y las ropas se hinchaban del deseo. Hubo una cierta insinuación, en un momento de soledad con la navidad en ciernes que quedó en nada. Pudo haberlo, pero no, el deseo es esclavo de casualidades químicas. Y ahora esconde el flequillo y la cara torcida y una urgencia, la de llegar a casa y dar de cenar al hijo. Con esa mezcla de champú y chamusquina que oculta la razón, el de la prisa de soportal que quiere esquivar un tropiezo con el antiguo compañero de faena.Bajo la luz de una farola, ella introduce al niño en la conversación para acelerarla. El flequillo cimbrea al ritmo fuerte del corazón. Sus ropas ya no son las de antaño, viejo estilo chiruquero, ahora se arregla como una ejecutiva, adjunta a dirección, como apostilla en el diálogo. Y el niño, y el champú, y las prisas que descarga en el bolso de mano que sostiene bajo la axila. Dos besos más de corcho. Flequillo. Más champú para la nariz. El niño, las sombras y la prisa de soportal. La falta de tiempo en la despedida, el desaliento que concentra la ciudad y las calles vestidas de otro planeta. "Tu siempre tan libre", le deja ir la adjunta de dirección antes de situar la quilla a favor de la noche. Buscando un viento favorable, activa los tacones y se aleja con paso inexperto. A seguir con el juego de luces, sombres y encuentros extraños.

3 comentarios:

Francesc Bon dijo...

Tomos y tomos a escribir sobre el enfriamiento inhumano que experimentan las amistades en el entorno laboral cuando éste se deshace. Por eso me gusta tanto una serie como The Office.

Márquez de la Nogal dijo...

Merci pel comentari.
Sembla menys dramàtic del que és.
Ara que estic treballant en el tema, li farem una ullada a The Office. Abans, però, he d'acabar "The Newsroom".

Fins aviat

Francesc Bon dijo...

Newsroom!! a la cua: The Office (la americana) es love it or hate it. Però pels que hem treballat a oficines amb tot el pelaje que corre por ahí... fonamental.